jueves, 1 de agosto de 2024

OLÍMPICAS POEMINIMALISTAS 1a. PARTE

Himnos que comandan la lira,
¿qué dios, qué héroe, qué mortal cantaremos?[...]
Como arenas del mar son incontables
los que han sido hechos felices por el vencedor.
Píndaro




Ya Píndaro, en ocasión de los Juegos Olímpicos de la Antigua Grecia, se dio a la tarea de registrar a través del estro poético las hazañas dentro de las cuales hacía resaltar el valor y la fuerza, pero sobre todo la areté, esa búsqueda de la excelencia en el ser que no solamente se constreñía al vencedor dentro de cada prueba sino también a la ciudad-estado a la que pertenece. Esto sin duda no dejará de llamar la atención por su relevante semejanza con los Juegos Olímpicos de la modernidad y posmodernidad.

En razón de ello, y buscando seguir un impulso paralelo, comenzamos esta serie de "Olímpicas minimalistas" para rubricar algunos de los episodios desprendidos de los actuales Juegos de París 2024:

DÍA 1
Más que citius, altius,
fortius, imperen igualdad,
fraternidad y hermandad.
(Estafeta para el lema de París 2024)
* * *
De inauguración
fiesta: triunfante rotundo,
quien más sonría.

Día 2
Empléate a fondo:
quizás tus últimos
Juegos Olímpicos.
* * *
Búmeran pelota:
aunque te echen del estadio,
vuelves en cuatro años.


Día 3
Tiro con arco:
desde hace 64 milenios
busca su blanco.
(Bronce para México en París 2024🥉)
* * *
Tiempo y distancia:
es toque del destino
darte su estoque.
(Existencial esgrima).

Día 4
Pregunta neófita:
¿qué tanta diferencia entre
ballet y gimnasia artística?
* * *
Fuerza y movimientos:
en la planta de tus pies,
nuestro eje magnético.

Día 5
Camino al waza-ari:
la igualdad en fuerza
a tu favor usarla.
(México, medalla de plata en judo = la vía flexible)
* * *
Justa donde
se unen un brazo de mar
y una braza humana.
(Natación de fondo, 1500m.)

Día 6
Centáurica figura:
el caballo es el atleta,
el entrenador, su montura.
* * *
En zoología fantástica,
triatlón = quimera,
pentatlón = alebrije.





viernes, 12 de julio de 2024

DE PATERNIDADES Y OTRAS MINUCIAS RELIGIOSAS

Quizás un filón literario para entrarle al tema sería este poema que meses atrás empecé a traducir, quizás por la ternura que despierta que el heterónimo de Pessoa se vea a sí mismo como un padre adoptivo del Niño Jesús, quizás...

"El guardador de rebaños. VIII"

En un mediodía hacia el fin de la primavera
tuve un sueño como una fotografía.
Vi a Jesucristo bajar a la Tierra.
Vino por la ladera de un monte
convertido otra vez niño,
corriendo y brincando por la hierba
arrancando flores para tirarlas luego,
y riéndose de forma que se le oyera lejos.
Se había fugado del cielo.
Era por demás tan nuestro como para fingirse
la segunda persona de la Trinidad.
En el cielo todo le era falso, todo en desarreglo
con las flores y los árboles y las piedras.
En el cielo hay que andar siempre serios
por lo que a veces le da por volverse otra vez hombre
y subirse a la cruz y aprestarse siempre para morir
con una corona rodeada toda de espinas
y los pies sujetados por un clavo con cabezal,
y con un lienzo alrededor de la cintura,
como los negros de las estampitas.
Ni siquiera lo dejaron tener padre ni madre
como los otros niños.
Su padre eran dos personas:
un viejo carpintero llamado José,
y que no era su padre como tal;
y el otro padre era una paloma estúpida,
la única paloma fea del mundo
porque no era del mundo ni era paloma.
Y su madre no había amado antes de tenerlo.
No era mujer: era una maleta
en la que él ha venido del cielo.
¡Y querían que él, que sólo nació de madre
y sin padre para amarlo con respeto
pregonara la bondad y la justicia!
Un día en que Dios estaba durmiendo
y el Espíritu Santo andaba volando,
se dirigió a la caja de los milagros y robó tres.
Con el primero hizo que nadie supiera que él había huido.
Con el segundo se creó eternamente humano y niño.
Con el tercero creó un Cristo eternamente en la cruz
y lo dejó clavado en la cruz que hay en el cielo
y que sirve de modelo para las otras.
Después huyó rumbo al sol
para descender con el primer rayo que atenazó.
Hoy vive en mi aldea conmigo.
Es un infante de linda y natural sonrisa.
Se limpia la nariz con el brazo derecho,
chapotea en los charcos de agua,
recoge y gusta de las flores y luego se desentiende de ellas.
Lanza piedras a los burros,
roba frutas de los manzanares
y corre a llorar y a gritar con los perros.
Y, porque sabe que a ellas no les gusta,
aunque a todos los demás les hace gracia,
corre tras de las muchachas
que en grupos van por los caminos
con sus cántaros en la cabeza
y les levanta las enaguas.
A mí me ha enseñado de todo.
Me ha enseñado a mirar bien al mundo.
Me señala todas las cosas que guardan las flores.
Me muestra lo entretenidas que son las piedras
cuando uno las tiene en la mano
y se pone a mirarlas despacio.
Me habla muy mal de Dios.
Dice que es un viejo estúpido y convaleciente,
siempre escupíendo en el suelo
y profiriendo maledicencias.
La Virgen María se pasa las tardes eternas remendando medias
y el Espíritu Santo se rasca con el pico,
y anida en las sillas y las ensucia.
Todo en el cielo es estúpido como la Iglesia Católica.
Me cuenta que Dios no discierne nada
de las cosas que ha creado,
−“si es que él las creó, cosa que dudo”−.
“Él dice, por ejemplo, que los seres cantan su gloria,
pero los seres no cantan nada.
Si cantaran serían cantores.
Los seres existen sin más nada,
y por eso se llaman seres”.
Y después, cansado de hablar mal de Dios,
el Niño Jesús se adormece en mis brazos
y en mi regazo lo llevo para la casa.
Vive conmigo en mi casa asentada en el cerro.
Él es la Eterna Criatura, el dios que faltaba.
lo humano que es natural,
lo divino que sonríe y que juega.
Y por eso sé con toda certeza
que él es el Niño Jesús verdadero.
Y esa criatura tan humana que es divina
es esta mi cotidiana vida de poeta,
y porque él anda conmigo es que soy el poeta de siempre,
y en una mínima mirada mía
me colma de sensaciones,
y con el más pequeño sonido, sea el que fuere,
parece hablar conmigo.
Esta Nueva Criatura que habita donde vivo
me da una mano a mí
y otra a todo lo que existe
y así vamos los tres por cualquier camino,
saltando y cantando y riendo
y gozando nuestro secreto común
que es el saber en todas partes
que no hay misterio en el mundo
y que todo vale la pena.
La Criatura Eterna me acompaña siempre.
La dirección de mi mirada va hacia donde su dedo apunta.
Mi oído atento alegremente a todos los sonidos
son las cosquillas que me hace, jugando, en las orejas.
Nos hallamos tan bien uno con el otro
en compañía de todo
que nunca pensamos uno en el otro,
pero vivimos juntos los dos
en un acuerdo íntimo
como la mano derecha lo hace con la izquierda.
Al anochecer jugamos a la matatena con piedritas
en la escalera a las puertas de casa,
serios como conviene a un dios y a un poeta,
como si cada piedra
fuese todo un universo
y fuese por eso un gran peligro para ella
dejarla caer al suelo.
Después yo le cuento historias, cosas propias de los hombres,
y él sonríe, porque todo es increíble.
Ríe de los reyes y de los que no son reyes,
y le apena oír hablar de las guerras,
del comercio, y de los navíos
que dejan humo de altamares en el aire.
Porque él sabe que todo eso ignora aquella verdad
que tiene una flor al florecer
y que al andar con la luz del sol,
modifica los montes y valles
y hace que los muros de tan blanqueados duelan en los ojos.
Después se adormece y yo lo acuesto.
Lo llevo en brazos dentro de la casa
y lo acuesto, desvistiéndolo lentamente
como siguiendo un ritual muy limpio
y maternal hasta que está desnudo.
Duerme dentro de mi alma
y a veces despierta de noche
y juega con mis sueños.
Voltea unos patas para arriba,
pone unos encima de otros
y aplaude solito
sonriéndole a mi sueño.
Cuando yo muera, mi hijito,
sea yo una criatura, la más pequeña.
Tómame en brazos
y llévame hasta dentro de tu casa.
Desviste mi ser cansado y humano
y déjame en tu cama.
Y cuéntame historias, si acaso despierto,
para volver a adormecerme.
Y dame tus sueños para jugar
hasta que nazca un día cualquiera,
ése que sabes tú cuál es.
Esta es la historia de mi niño Jesús
¿Por qué razón que sea entendible
no ha de ser más verdadera
que todo cuanto los filósofos piensan
y todo lo que las religiones enseñan?
Alberto Caeiro

(versión de Jesús Gómez Morán)
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viernes, 31 de mayo de 2024

DOS FOTOS BORROSAS: DEL “NO ERA PENAL” A LOS RESABIOS ELECTORALES DEL 68


1) Lo que se ve es lo que hay, y lo que hay es lo que inventan los medios, diría parafraseando al clásico. En la clase de esta semana, hicimos un interesante ejercicio de referéndum con el grupo, del cual da cuenta esta foto algo borrosa. Obviamente se refiere a la jugada clave que definió la final (valga la redundancia) del domingo pasado y frente a lo cual me atrevo a afirmar que la gente (un servidor incluido) opina lo que cree, no lo que piensa y mucho menos lo que ve. En un principio en el pizarrón anoté sólo dos opciones “sí” o “no”, con lo cual se mide una realidad en tesitura de blanco y negro, pero entre el estudiantado alguien postuló que no tenía un punto de vista seguro y su aportación a favor de un gris (un “tal vez”) me pareció más que digna de ser considerada, valiosa. Al tratarse de emitir una opinión con base en una imagen repetida hasta la saciedad, lo más lógico hubiera sido que todos tuviéramos un punto de vista resuelto, pero la perspectiva de alguien que no lo tenía me llevó a replantear el panorama. En una de ésas eso que llamamos realidad está más cerca del gris, de una de las tantas tonalidades de grises que también tienen lugar en el espectro cromático. No es una postura indefinida, sino una declaración de independencia frente a la irreductibilidad de posturas, una tercera vía que son muchas vías, una actitud cartesiana de someter a duda lo que se da por hecho de forma automática, una búsqueda por desautomatizar esas afirmaciones provenientes más del hígado que de la neurona. Tan sencillo como esto: ¿los resultados del referéndum en clase (y de todos los que se debatieron y rasgaron las vestiduras al respecto) hubieran sido los mismos si los contendientes por la final del futbol nacional hubieran sido otros equipos? Ante la cerrazón de criterios, a estas alturas del desarrollo del pensamiento ilustrado no deja de sorprender que pocos hayan centrado su atención en el hecho de que el portero del equipo triunfador tuvo media docena de intervenciones decisivas, que se suman a las que tuvo durante todo el torneo. Él fue el artífice de este campeonato, pero la discusión se centró en una jugada verificada a cien metros de su área. La posibilidad de una visión panorámica se reduce así a la que aporta el ojo de una cámara. Agradezco esta vez que para entender parte de esto, quien me haya dado la lección en clase haya sido mi estudiante.

2) Este 2 de junio guarda ciertas implicaciones para alguien que pertenece a la generación X. En 1988 enfrenté mi primer reto frente a las urnas y el sentido de mi voto estaba claro. Es como si el primer paso dado determinara el resto de los que habría de dar. En un par de días acudiría al séptimo llamado a las urnas para una elección federal y un momento así me remonta al primero, del cual la instancia (la jugada) decisiva fue cuando el candidato del Partido Mexicano Socialista (al favor del cual estaba decidido el sentido de mi voto para la presidencia, las senadurías y las diputaciones federales y locales), Heberto Castillo Martínez decidió declinar (un 5 de junio para ser más precisos, con lo que dentro de 6 días se ajustarán 36 años,) en favor de la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas, postulado por el Frente Democrático Nacional, con el resultado ya de todos conocido. Lo que me deja pensando este nuevo reto es que hay una lamentable pérdida de opciones, porque en los subsecuentes procesos electorales siempre tuve una absoluta certeza a favor de quién votaría, en medio de las tres ofertas políticas que de manera constante se mantuvieron presentes. Esta vez también las hay (y en otras ocasiones el número ha crecido), pero el que ahora se siente fuera de lugar soy yo, quien siempre me he sentido ubicado a la izquierda del espectro ideológico. Es como si alguien en el pizarrón borroso de la realidad nacional me hubiera borrado esa tercera alternativa (aunque aún caben las posibilidades de anular el voto o de sufragar a nombre de los desaparecidos). La foto de mi credencial electoral la veo así más borrosa. El sentido de mi voto es que siempre tuvo sentido, sin embargo lo triste del actual panorama es que la tendencia que se ubica como de izquierda no es tal, mientras que la de derecha sí es eso que representa y por los personajes que rodean a sus respectivas candidaturas ninguna parece viable (entre un rosario de razones, sus postulaciones son resultado de la simulación de un proceso de consulta que fue más bien un dedazo): en el desplegado de apoyo a la candidata derechista por parte de los intelectuales aparece el hijo de Revueltas, pidiendo así votar por el partido que reprimió y encarceló a su padre, mientras que la candidata del régimen vigente, en el último debate desde Tlatelolco, se manifestó heredera del movimiento del 68, pero a la vez se ha empeñado en apoyar la carrera política del nieto del general que perpetró la matanza del 2 de octubre en ese mismo sitio. En este par de días (“2 de junio, no lo olvido”) habrá que meditar en la lección (la jugada) impartida en su momento por el ingeniero (y también maestro) Heberto Castillo, militante y perseguido durante el 68.

viernes, 16 de febrero de 2024

UNA DISQUISICIÓN CRONOPIA SOBRE CORTÁZAR Y SUS PERSONAJES (A 40 FEBREROS SIN JULIO)


Digamos que a media mañana, a media tarde o a medianoche, cerramos los ojos y al abrirlos súbitamente de repente vemos una atmósfera en la que flotan algunos entes un tanto etéreos e indefinibles, pero que indudablemente estamos viéndolos. Al contemplarlos con toda claridad, ¿cómo saber si son parte de ese desfile de imágenes que se suceden con los ojos cerrados o se trata de algo que está ahí, independientemente de nuestra capacidad de enfocarlos o no (exactamente como sucede con la innegable existencia de cocodrilos en Auvernia o de chupacabras en la campiña mexicana por más que no contemos con un documento fidedigno que corrobore su semejante hecho)? El primer paso para aceptar su existencia consiste, indudablemente, en darles nombre. Desde que la obra de Cortázar (cuya partida a otros planos aconteció en un febrero de hace una cuarentena de años) hizo su aparición dentro del panorama de nuestras letras, vicisitudes de dicha naturaleza ya no es posible enunciarlas sin decir que se trata de una situación cronopia.
    Hagamos pues un paseo por la genealogía que realizo el padre de dicha nomenclatura: la galería de personajes inventados por la escritura de Cortázar y en quienes se deposita un descargo traumático en términos psicológicos es más o menos amplia, y quizás podríase comenzarla con los glúcidos y lípidos de Los premios. Estos seres tienen de inusitado sólo el calificativo, pues inequívocamente corresponden a las estructuras de control público que las supuestas libertades de la democracia capitalista ofrece a los ciudadanos que participan en este caso del paseo en un crucero.

Para realmente enfrentarse con seres que además de extraños rebasan el ordenamiento establecido es necesario remitirse a los inquietos conejitos de “Carta a una señorita en París”, las mancuspias de “Cefalea”, a los piantados que describe en La vuelta al día en 80 mundos y, por supuesto, a los cronopios, famas y esperanzas de Historias de cronopios y de famas, quienes a la postre no se sabe si son hadas, duendes, animales, quimeras o alebrijes. Sin embargo, debido a esa indeterminación que su autor procura acentuar, es menester decir que tanto cronopios como esperanzas y famas, conforme al modo en que son descritos dentro del artículo “Louis enormísimo cronopio”, en última instancia se tratan también de personas:

Por supuesto Louis no tiene la más pequeña idea de que en el lugar donde planta sus zapatones amarillos se posaron una vez los escarpines de Nijinsky, pero precisamente lo bueno de los cronopios está en que nunca se preocupan de lo que pasó alguna vez, o si ese señor en el palco es el príncipe de Gales. A Nijinsky tampoco le hubiera importado nada saber que Louis tocaría la trompeta en su teatro. Esas cosas quedan para los famas y también para las esperanzas, que se ocupan de recoger las crónicas, establecer las fechas, y encuadernarlo todo con tafilete y lomo de tela (Cortázar, 1970, p. 14).

Es difícil que este panorama se manifestara de otra manera al tratarse de Cortázar, señor y amo de esos intersticios en los que tanto situaciones y lugares como los entes que los protagonizan no pueden ser apresados ni definidos. ¿Qué es Rayuela: una novela, un ensayo-teoría sobre la novela, un largo poema en prosa? ¿Qué es Celina para Mauro en “Las puertas del cielo”: una muerta o un fantasma que en la pista de un bar baila tango? ¿Quién es Lucio de “Relato con un fondo de agua” o Pierre de “Las armas secretas”: entidades provistas de una tangibilidad dentro de sus respectivas fábulas o un ahogado y un oficial alemán encarnados en una nueva realidad en-soñada? ¿Qué es “El perseguidor”: un cuento largo o una novela corta? ¿Qué son La vuelta al día en ochenta mundos o Último round, Silvalandia o Prosa del observatorio, por supuesto genéricamente hablando: una miscelánea, almanaques, diarios, libros panópticos, pandemonios, happennings literarios o (como elegantemente lo precisara Laszló Scholz), libros caleidoscópicos (1977, p. 117)?

Es precisamente en La vuelta al día en ochenta mundos que Cortázar rompe lanzas a favor de esa misión de dar cuenta de esos universos que la lógica racional no acepta por principio de cuentas debido a su ineptitud para entenderlos y clasificarlos:

se siente en una escala diferente con respecto a la de la circunstancia, una hormiga que no cabe en un palacio o un número cuatro en el que no caben más que tres o cinco unidades. A mí esto me ocurre palpablemente, a veces soy más grande que el caballo que monto, y otros días me caigo en uno de mis zapatos y me doy un golpe terrible [...]. Y me gusta, y soy terriblemente feliz en mi infierno, y escribo. Vivo y escribo amenazado por esa lateralidad, por ese paralaje verdadero, por estar siempre un poco más a la izquierda o más al fondo del lugar donde se debería estar para que todo cuajara satisfactoriamente en un día más de vida sin conflictos. Desde muy pequeño asumí con los dientes apretados esa condición que me dividía de mis amigos y a la vez los atraía hacia el raro, el diferente, el que metía el dedo en el ventilador (1970, p. 22). 

Siendo pues la indeterminación ese territorio en el que nuestro autor se mueve a sus antojos, para establecer algunos asideros analíticos se requiere aventurar un enfoque distinto: tomando como punto de partida la asimilación de la extrañeza como algo inherente a la condición humana, lo que sí puedo marcar como parte de una evolución dentro de la escritura de Cortázar (whatever that means) es esa trayectoria que describe al sondear los abismos del cerebro humano y remontarse luego a las alturas del espíritu.

            El cambio de perspectiva ha sido plenamente detectado por varios críticos, al apuntar que de “El perseguidor” en adelante la pluma cortazariana corresponde, si no a una propuesta diríamos optimista, sí congruente con la asunción de ese estado de descolocación mencionado antes. Hasta este momento la angustia era producto de ese saberse diferente a los demás, aceptando por consecuencia como válidos aquellos comportamientos sancionados por las buenas conciencias, o de acuerdo a los parámetros de lo “políticamente correcto”, como se dice en nuestros días. Su pluma se agrega con derecho propia a todas las que de una forma u otra han denunciado ese malestar en la cultura, o mejor dicho de la condición humana sumida en las falsas expectativas originadas por la circulación del capital, el avance en las tecnologías y la extrema individualización de los seres humanos. Como bien dice Ernesto Sábato a Joaquín Serrano Soler en una entrevista de la década de los setentas para la televisión española: el hombre contemporáneo ha hallado la cura para la lepra, pero cada vez en edades más tempranas los niños acuden con el psicoanalista; ha bajado el índice de enfermos de la carne, pero se ha elevado el de los enfermos del alma.

            Y enfermos del alma son todos estos personajes que sienten el peso de la gran costumbre sobre sus espaldas: ante ello Cortázar encuentra una alternativa en la biografía de un músico de jazz que, según cuenta la anécdota, feneció mientras veía un programa cómico de la televisión estadounidense. En “El perseguidor”, Charlie Parker, replicado bajo el apelativo de Johnny Carter, muere más que de risa, pateándole la puerta a Dios, quien apenas le ha permitido asomarse a una rendija de su beatífico predio. La palabra renuncia, que había caracterizado hasta este momento a los personajes cortazarianos (como sucede en "Carta a una señorita en París", con el protagonista suicidándose, en "Casa tomada" con los hermanos huyendo de su vivienda, o en "Ómnibús" con la pareja bajándose del transporte por no llevar en indispensable ramo de flores), no aplica para Johnny Carter ni tampoco para Oliveira y los cronopios:

Ahora pasa que las tortugas son grandes admiradoras de la velocidad, como es natural. Las esperanzas lo saben, y no se preocupan. Los famas lo saben, y se burlan. Los cronopios lo saben, y cada vez que se encuentran una tortuga, sacan la caja de tizas de colores y sobre la redonda pizarra de la tortuga dibujan una golondrina (Cortázar, 1996, pp. 140-141).

Este cambio de actitud de morirse con la suya tiene que echar mano no sólo de una postura de resistencia existencial (el “no” del hombre rebelde proclamado por Camus), sino de eso que Fernando Savater denomina como “la imaginación alegre”. Sin perder de vista la tradicional identificación entre dolor y sabiduría (dentro de ese esquema, el ser que ríe es un inconsciente), Savater entiende que la afirmación existencial requiere de un cierto sentido del humor, no para justificar un mal estado de cosas, sino para sobrevivirlo, pues “la alegría no es la conformidad con lo que ocurre en la vida, sino con el hecho de vivir” (Savater, 1996, p. 4), e incluso como portal para la edificación de ese hombre nuevo proclamado por el existencialismo y refrendado por Cortázar, dado que para mejorar dicho estado de cosas el ineludible punto de partida es imaginarlo de otra forma, pero aplicándole una leve dosis de alegría. Y no de otra forma es como he dado en recordar al eximio fabulador de mundos y seres más o menos inauditos.

BIBLIOGRAFÍA


Cortázar, Julio (1970), La vuelta al día en 80 mundos, ts. I-II, México, Siglo XXI (Creación Literaria).

------------------ (1996), Historias de cronopios y de famas, México Alfaguara

Savater, Fernando (1996), “La imaginación alegre”, en “La Jornada Semanal”, Supl. de La Jornada, 6 de julio.

sábado, 20 de enero de 2024

RAMÓN XIRAU: EL FILÓSOFO COMO POETA (EN SU CENTENARIO)


 Los puentes nunca están solos. Siempre hay alguien cruzándolos.

Víctor Roura

1.      Actualización del mito del rey Midas

Probablemente la mejor manera de acercarse al maestro Ramón Xirau sea, como él mismo aseveraba, tomando conciencia del carácter altamente subjetivizante que se produce dentro de la escritura, sobre todo poética, razón por la cual Aristóteles consideraba más filosófica a la poesía que a la historia, antes que por contar los hechos como fueron, referirlos tal y como pudieron haber sido: la cala crítica sirve aquí para agregar que en ese sentido probablemente la poesía sea más filosófica también que la filosofía misma. Sin embargo, en este debate que puede derivar en eterno entre el discurso filosófico y el poético, no es conveniente, por aquel lado, pedirle peras al olmo. Finalmente, como sucedió en el caso de Parménides, no por escribir en verso se está haciendo un poema, y a la filosofía hay que juzgarla a partir de sus contenidos. En cambio, la plena realización de la expresión poética, además de sus contenidos, radica en su voluntad como construcción lingüística.

En su ensayo Poesía y conocimiento el propio Xirau tuvo la suspicacia de sostener que ambas entidades comparten un área común instrumental, dado que la poesía está compuesta de imágenes, que a su vez son la sustancia de la memoria (remember Bergson), para desembocar en que “sin memoria no hay conocimiento”[1], que es el fin último de la filosofía. Asimismo, comparte la tesis de que la creación poética y la reflexión filosófica comulgan con la idea de un mundo en tanto voluntad de y en construcción: “la filosofía y la poesía llevan precisamente a tratar de ver este mundo que encontramos y en el cual nos encontramos”,[2] dice en otra parte de este ensayo. Por tanto, no creo que esté fuera de licitud afirmar, a guisa de un primer apuntalamiento de las repercusiones de su obra, el visualizarlo como una especie de Midas teleológico, dado que todo aquello que toca, antes que oro, lo vuelve claro.

Sabida es la pretensión ésa de que cada quien busca llevar agua a su molino: desde luego quien esto escribe no se libera de semejante dictado. A fuerza de ser honesto no quiero dejar de lado el suponer que detrás de las palabras de Xirau subyace una crítica a la sistematicidad del razonamiento filosófico (que empero puede ser la más acendrada postura filosófica) al pretender encerrar al mundo dentro de uno o de una serie de conceptos: “esta búsqueda parcial que se quiere total, acentúa y absolutiza una parte del hombre muy precisamente enajenado, ‘aislado’ o ‘separado’ por decirlo con Hegel”, dice a su vez Xirau al referirse a la aspiración de “reducir la teología a antropología” haciendo “que el único Dios del hombre sea el hombre mismo”, incluso hasta el límite de “hacer absoluto lo que está en el corazón de lo relativo”.[3] Vale: de algún modo no otra ha sido también la pretensión de la poesía, pues da cuenta de cómo semejante “abolición [del mundo] es imposible [porque] el poeta contemporáneo sabe, sin embargo, que no puede ser aquel Dios que —no sin humildad y orgullo— buscaba Mallarmé”.[4]

Leer a Xirau significa regresar a esa idea de una búsqueda de concretización, y es ahí cuando entronca con una de las teorías de Octavio Paz en El arco y la lira, acerca del poema como una de las tantas concreciones de la poesía: ésta no se despoja de su carácter virtual sino hasta que el poema ha sido escrito. Y voy más allá todavía: tampoco hasta que no es leído, o mejor aún, recitado. Es decir, la poesía, que tal vez sea una entidad única e indivisible, pero en ese mismo grado incomunicable, utiliza uno, o dos, o todos los poemas para ser traducida, para empezar a ser transmitida, como una onda de radio lanzada allende de las fronteras de la realidad conocida. Y si dicha transmisión cobra cuerpo al interior del poema, en verdad no será sino hasta el momento de la lectura que (acudiendo de nuevo al filósofo estagirita) esa potencial transmisión se convierte en acto. En tal sentido, este argumento me permite enlazar con otra de las caras de Ramón Xirau: la del lector crítico de poesía.

2.      Trazando, inventando puentes

Quizás dentro de esta exposición de ideas resalta más la mención a nombres relacionados con asuntos filosóficos antes que los vinculados con las letras. Esto en cierta medida se debe a que si algo entiendo de filosofía también es a causa de este polígrafo de origen catalán, merced a su Introducción a la historia de la filosofía. Hace un momento he mencionado la equivalencia entre escritura poética y traducción: ahora haré una referencia al segundo concepto de una forma más explícita. Lo que Xirau realiza en esta obra es lo mismo que hizo con Amor y Occidente de Denis de Rougemont, esto es, traducirla.

Traducir es interpretar a fin de aportar una visión propia. Si con Amor y Occidente lo hizo con el objetivo de volverla transmisible, a partir de una obra escrita en otro idioma (y cuyo sustento teórico es la traslación de la poesía del fin’amors a la cortesía amorosa que ha impregnado las formas y los discursos de índole sentimental en el mundo de Occidente), en esta misma dirección apuntan sus ensayos sobre poesía (y todo en conjunto va más allá incluso si pensamos que se trata de cómo un poeta nos ayuda a entender a otros poetas). Dentro del citado ensayo Poesía y conocimiento, Xirau aparece como un compañero de expedición, o más bien un conductor a la manera de Virgilio con Dante, al colocarse del lado del lector, y aunque reconoce que “la poesía contemporánea” puede parecer —de hecho no lo es— caótica”,[5] esa aclaración entre guiones figura de modo parecido a la de una palmada en el hombro: por muy arriesgada que sea la aventura, la conclusión siempre nos será, en más de un sentido, benefactora. De esta forma, si hubiera que precisar una directriz de sus análisis, yo diría que, amén de la preocupación aproximativa, la selección de autores estudiados opera también como un reconocimiento, un puente levantado a partir de una pertenencia a toda una tradición poética, dentro de la cual desfilan, del lado iberoamericano, Vallejo, Huidobro, Drummond de Andrade, a la par que Reyes, Gorostiza, Villaurrutia, Sabines o Chumacero, por mencionar sólo unos cuantos de la parte mexicana.

Antes de pasar a otro punto, una aclaración adicional: nada más alejado para esta misión de enlace, este “puenteo” de Xirau, que la introducción de una lectura canónica respecto de los autores que aborda. Pienso entonces en un puente trazado, esbozado si se quiere (pongo inclusive, como ejemplo de ello, dentro de su extensa bibliografía, obras como Poetas de México y España, o el mismo Poesía y conocimiento, títulos en los que esa “y” dan fe de esta labor como intermediario entre las dos entidades mencionadas, e incluso entre dos lenguas), pero que sirve lo mismo para acercarnos a poetas de trayectoria de amplísimo reconocimiento (esos sí, canónicos) como Borges, Lezama Lima o el mismo Paz, que frente a otros de no tan amplia repercusión como sería el caso de Sara de Ibáñez, Roberto Juarroz o Agustí Bartra. En consecuencia, antes que perseguir un afán canonizante, lo que movía a Xirau a externar sus opiniones críticas era una intención provocadora, pues

mediante palabras, ritmos, cantos, ritos, sentimientos, imágenes, conceptos, el poeta dice justamente aquello que necesita de nuestra atención mayor: vida, muerte, amor, inmortalidad, divinidad. […] La poesía es siempre religiosa. la poesía es, así, conocimiento que nos ata a los otros y nos permite —cada poema puede ser leído, matizadamente, de manera distinta por distintos lectores atentos— entrar en contacto por medio de semejanzas — sin ellas la vida sería ininteligible— y diferencias —sin ellas el poema carecería de vida y de vitalidad.[6]

 

Afirma tajante: “la poesía es siempre religiosa”, pero si se me permite traducir esta sentencia, considero que ir a la etimología de la palabra arroja luces respecto al sentido como aquí es utilizada. Religión, se dice, viene del latín religare, esto es, volver a ligar. Ahí entra en juego esa pretensión de Xirau de orientar “nuestra atención mayor” hacia aquellos aspectos que son la razón del ser humano: “vida, muerte, amor, inmortalidad, divinidad”. La poesía se percibe como puente que nos enlaza con lo que le da sentido a la existencia.

3.      Nada de lo poético me es ajeno

Abordar la creación poética de Xirau implica un riesgo no tan medido de mi parte, en dos direcciones. La primera es apoyarme en los poemas que el maestro-escritor catalán publicó en revistas, lo cual da un carácter de inmediatez respecto a su recepción lectora. Estimo sumamente significativa esta otra mediación de Xirau dentro del desarrollo de la hemerografía literaria nacional no sólo, como ya dije, dirigiendo la ya mítica revista Diálogos del Colegio de México, sino también colaborando en Cuadernos Americanos, Plural, Revista Universidad de México, Tierra Adentro y, por supuesto, Vuelta, de las cuales extraje los poemas a comentar no sólo por la inmediatez que les da el haber sido adelantos de sus libros, sino por el interés adicional de comparar las traducciones de Aurelio Asiaín, José María Espinasa y el propio Xirau con respecto de las de Andrés Sánchez Robayna para su Poesía completa (2007).

En segundo término está el riesgo inherente a todo ejercicio interpretativo traductor de decir algo más (o algo menos) a través del puente de la traducción al intentar hacer transitable, transmisible, su escritura poética. Sin embargo estimo que esta triple osadía (la del autor que decide expresarse en su lengua nativa, la del traductor al verterla al español, la mía propia al aventurar una aproximación hermenéutica) tiene una ventaja loable, a saber: el columbrar dentro de la escritura de Xirau (como sucede con un Borges, un Paz, o un Lezama Lima) una congruencia interna, lo mismo cuando ésta toma una forma crítica que una lírica. Así en un par de poemas, “Sábado” y “Domingo”[7] publicados en el número 58 de Tierra Adentro (marzo-abril de 1992), es posible constatar cómo de un texto a otro todo el ciclo vida-muerte queda cumplido:


Sábado

 

La leña fresca

leña en espera

aterida

El golpe de fuego. Ahora pero todavía

Verde y con vida en el huerto.

 

Campanas, risas, al mediar la noche

centellean los mares en oriente

centellean abejas en las hojas

las casas blancas, blancas

 

Son

        Son

 

  siempre son

el Templo.

 

Domingo

A mis padres, Joaquín y Pilar

Es difícil decirte

ciervo,

perfil del campo.

 

El cobre canta,

las flores anidan

pájaros desconocidos.

Toda felicidad nos es presente

—¿difícil? —

alba es la tarde.


 

Si la secuencialidad que da el tiempo en el mundo occidental va en un orden progresivo (después del sabbat viene el dominus, el día del Señor, y del martes de carnaval, el miércoles de ceniza), hay un tiempo cíclico que se cumple dentro de la naturaleza y, en forma de una inversión axiológica, el día es la noche y viceversa (es decir, toma el lugar del otro): “iris es toda tierra cielo,/ dioses y hombres”, dice más adelante. Y más radicalmente aún, no hay pasado ni futuro en los ciclos de la naturaleza, pero es dentro de ellos que podemos sustentar quizás la única dicha verdadera: por eso “toda felicidad nos es presente”, verificándose así en el tiempo de la presencia, en el que manifiesta su “estar-ahí” (Dasein).

Podrá decirse que Xirau es un poeta místico, pero considero que este misticismo tendría que someterse a revisión, o por lo menos matizarse en función de un constante afán concretizador, en el entendido de que hablar de misticismo implicaría una búsqueda de entidades más bien abstractas con que satisfacer la sed del espíritu. Será viable aspirar a una trascendencia si en un primer momento se logra una materialización, una manifestación en tanto objeto, su “cosidad” heideggeriana si se quiere, pero que rebasa el plano existencialista. La proximidad con Heidegger se sustenta en que para el filósofo alemán la cosidad es la virtud a partir de la cual algo está presente, ha alcanzado su Dasein:[8] mutatis mutandis, la poesía de Xirau aspira justamente a la epifanía de las cosas que se hacen presentes, y en este caso lo hacen merced a su manifestación en pares de opuestos.  Así la “tarde” configura su equivalencia con el “alba”, es decir, lo que muere con lo que nace, a partir de que “la leña fresca” cae herida por “el golpe de fuego […] todavía verde y con vida en el huerto”, amén del calor y luz que ofrenda a través de esa “herida”.

Concluir por tanto, con una cita que puede dimensionarse como puente (y hasta quisiera decir como espejo) es casi obligado y así sentenciar de forma conjunta con las tablas de Hermes Trimegisto en el sentido de que “lo que está es arriba es como lo que está abajo”, y viceversa. Y significativamente será Octavio Paz uno de los que señale que en nuestro escritor existe una búsqueda, una persecución de la presencia en el poema, en tanto “conjugación del aquí y el allá [para revelar] la realidad de este mundo y el otro”.[9] La obra de Xirau queda, pues, signada por una unidad que por todas partes es coherente consigo misma, trátese de creación o de reflexión, de pensamiento o de enseñanza, de poesía o de filosofía: “tal es la presencia del sentido; tal es el sentido de la presencia”, del mismo modo que citando a san Agustín, todo es presente, ya sea en su vertiente de pasado presente (tiempo de la memoria), presente presente (tiempo de la atención) y presente futuro (tiempo de la expectativa). Su “Poesía y conocimiento” es entonces, en suma, presencia en la palabra, palabra que al estar de-vuelta se hace presente.


[1] Federico Patán (2001) Ensayo literario mexicano, México, UNAM/Universidad Veracruzana/Aldus, (Antologías Literarias del Siglo XX), p. 57.

[2] Ibid., p. 53.

[3] Ibid., pp. 60-61.

[4] Ibid., pp. 61, 64.

[5] Ibid., p. 64.

[6] Ibid., p. 66.

[7] Una primera versión, traducida por el mismo Xirau, apareció en el no. 175 de junio de 1991 de la revista Vuelta, con el título “Vitrales” (que será el que se mantenga en la edición de su Poesía completa).

[8] Para hablar de la cosidad Heidegger emplea la metáfora de la jarra y su propósito esencial, que consiste en servir de recipiente (conforme a una reflexión ontológica semejante a la que se plantea en el inicio de “Muerte sin fin” de José Gorostiza), llegando inevitablemente a la conclusión de que “la cosidad de la cosa permanece oculta, olvidada. La esencia de la cosa no accede nunca a la patencia, es decir, al lenguaje. Esto es lo que queremos decir cuando hablamos de la aniquilación de la cosa como cosa. Esta aniquilación es tan inquietante porque lleva consigo una doble ceguera: por un lado, la opinión de que la ciencia, de un modo previo a toda otra experiencia, acierta con lo real en su realidad; por otro, la ilusión de que sin perjuicio de la indagación científica de lo real, las cosas pudieran seguir siendo cosas, lo que supondría que ellas eran ya siempre cosas que esencian. Pero si las cosas se hubieran mostrado ya siempre como cosas en su cosidad, entonces la cosidad de la cosa se hubiera revelado. Ésta hubiera interpelado al pensar. Pero en realidad, la cosa, como cosa, sigue estando descartada, sigue siendo algo nulo y, en este sentido, está aniquilada”. Martin Heidegger (1994), Conferencias y artículos, Traducción de Eustaquio Barjau, Barcelona, Serbal, 1994, p. 148.

[9] Setenta años de la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, FFyL, 1994, pp. 550, 551.