martes, 7 de julio de 2026

DEL “SE PUDO LO QUE SE HIZO” AL “NO SE PUDO LO QUE YA SE HACÍA”

A mis compañeras de estos avatares mundialistas, Gina y Mary.


Luego de ver y escuchar los comentarios de varios opinólogos, probablemente estas palabras estarán amontonándose a las suyas. Quizás si me atrevo a externar las mías sea por la carga de dejá vu que para mí acarrea.  La sensación es parecida a la de aquel 22 de junio de 1986, cuando la transmisión televisiva la terminó Fernando Marcos (nada que ver con los desaforados alaridos de Martinoli) aseverando que desde Cuauhtémoc (el de 1521) ya estábamos hartos de gloriosas derrotas. Por eso, aunque entiendo que aspira a levantar el ánimo, resulta desalentador encontrarme con puntos de vista que intentan restañar la herida viéndola como un contratiempo an-te un promisorio porvenir. La posibilidad no la des-carto, pero no puedo sustraerme a la mencionada sensación: hace 40 años se planteaba la misma tesis. En lo que llevo dentro de este mundo lo único que logro sacar en claro es que para que la selección nacional pueda aspirar a trascender sus límites tiene que ser disputando una Copa del Mundo en casa y me temo que la próxima vez que eso suceda ya no lo verán mis ojos, impresión que se vuelve más intensa cuando, cumplido un cuarto de este siglo, el actual torneo se ha vuelto el cierre de cortinas para las carreras de Luka Modrič, Neymar, CR7 y está por serlo de Mohamed Salah y Leo Messi (y quizás podrían añadirse a James Rodríguez y Romelu Lukaku).

Empero, no caigo tampoco en el desencanto absoluto. Conforme a una mirada de conjunto y yendo a los puntos finos de lo ocurrido dentro de la cancha, de nuevo la esencial enseñanza de Camus se hace manifiesta: que si los cambios, que si los descuidos, que si a chuchita la bolsearon, etcétera, nada de esto alcanza para asimilar lo que sucedió, ni el cómo enfrentar lo que venga después. De acuerdo a un análisis comparativo de los dos partidos de la jornada dominical, Noruega hizo el papel, mutatis mutandis, que luego ejecutó México en cuanto a tenencia de la pelota y asedio al rival; mientras que Brasil e Inglaterra efectuaron un perfomance similar. Los resultados entre uno y otro planteamientos fueron diametralmente opuestos. ¿Cómo entender eso? En cuanto a volumen y calidad de juego los vikingos merecían ganar, y el Tri también, no obstante esto último no sucedió. Desde luego no faltará quien, a toro pasado, haga énfasis en algo tan determinante como lo es el factor de la ejecución: Brasil tuvo el destino en sus manos pero Vini le cedió a Bruno la ejecución del penalti y pues… en cambio la escuadra inglesa no dudó en culminar los contragolpes de Bellingham que fueron una losa casi imposible de levantar entre los escombros en que quedó hecha la defensa mexicana. Y qué decir de la construcción de intentonas ofen- sivas  que durante la media hora final del partido consistió en disparos repetitivos y centros sin ton ni son.

Jugar bien significa también acabar en gol las jugadas elaboradas, pero hubo algunos momentos diría yo, diletantes, de profunda vacilación, justo antes de los dos goles ingleses, cuando Gallardo conectaba con Mora, quien luego le pasaba el balón al Piojo, este se lo regresaba, iba para Romo, luego este para Jorge Sánchez, por ahí iba a dar a Quiñones o a Lira y en suma dentro de ese regodeo jamás hubo la filtración o el embate punzante hacia el área contraria, cuyo pecado vino a pagarse tras la inevitable pérdida de la pelota. Recapitulo y me pregunto, ¿era la primera vez que el cuadro bajo de México se encontraba en semejante apremio?: si la memoria no me falla algo parecido sucedió contra Sudáfrica y contra Corea. Contra República Checa también hubo por ahí alguna descolgada que por suerte no acabó en gol. He ahí el elemento existencial al que me refería: por suerte. Decía Camus (quien jugara de portero en su natal Argelia) que por mucho que lo previeras, la pelota suele llegar por dónde menos uno se lo espera. ¿Sabía Aguirre que Mora y Sánchez iban a tener desempeños que afectarían en los goles recibidos? ¿Podría prever que Santi Giménez iba a lesionarse? ¿Podemos supo-ner que si Vini no tiraba el penalti, Bruno lo iba a fallar? ¿Acaso no hubo suerte en que el tiro de Haa-land en el segundo gol pasara justo en medio de las piernas del defensa brasileño? Y en todos los casos hablo de situaciones que fueron directo al marcador y dejan ver que este día los dos equipos iberoameri-canos salieron con el santo de espaldas. El sueño duró hasta donde quiso la diosa Fortuna.

En resumen: se pudo lo que se hizo o no se pudo lo que ya se hacía. Para rubricarlo musicalmente podría acudir al samba de Vinícius de Morães y corear “tristeza, por favor vai embora, a minha alma que chora está vendo o meu fim”; o a las consabidas estrofas del “canta y no llores” que el hijo pródigo de Santiago Tulyehualco plasmara en su “Cielito lindo”. Sin embargo, encuentro en los cantos de los goliardos recopilados por Carl Orff un colofón más idóneo:


O fortuna, velut luna

statu volubilis,

semper crescis aut decrescis

vita detestabilis…